"No sabría que decirte, Claire. Me he dado cuenta de que, de un tiempo a esta parte, nunca sé que decirte... Pero sé qué voy hacer. (Pausa) Necesito una coartada para mañana por la noche." Katherine Kane.
13 Enero 1927
Alrededores de los barrios bajos de Orleáns.
Katherine Kane encendió un cigarrillo.
En la oscuridad fría y desesperada del callejón, la luz del encendedor fue como una llamarada, un fogonazo.
Ella aspiró el humo del cigarro con ansiedad. Esos pequeños bocados de muerte, como los llamaba su madre -viuda de fumador- cuando todavía vivía, la tenían enganchada irremediablemente.
La lluvia caía sobre ella, leve pero persistente, y se arrebujó aún más en la gabardina gris.
- Eh, señorita K -una bicicleta oxidada junto a la cual caminaba un chico negro que no tendría edad para comprar cerveza entró en el callejón.
- Llegas tarde -le reprochó ella.
La voz de Kate había sido aguda y delicada en otros tiempos, pero el alcohol y las palizas de David -parecía sentir predilección por estrangularla- habían terminado bajando el timbre hasta convertirlo en un sonido grave y algo quebrado, como el de una solista de jazz negra.
Durante un instante pensó en él. David, ese hijo de perra por el que había estado colada hasta los huesos durante cuatro años infernales. La imagen de él, desangrado en la bañera, parpadeó en su mente unos segundos. Luego desapareció.
Durante un instante pensó en él. David, ese hijo de perra por el que había estado colada hasta los huesos durante cuatro años infernales. La imagen de él, desangrado en la bañera, parpadeó en su mente unos segundos. Luego desapareció.
- Me ha costado un triunfo distraer al periodista ese -se defendió el chico-. Pero lo he conseguido -dijo, triunfal.
Sacó un sobre de papel manila arrugado de una mochila vieja y se lo entregó.
Kate, a pesar de la lluvia, lo abrió al instante. Fotografías en blanco y negro de la escena de un crimen. Un cuerpo tendido sobre el linóleo oscuro de una cocina. Ni sangre, ni marcas de estrangulamiento. Solo un cadáver. Junto a él, los fragmentos de un vaso roto.
Pasó las imágenes hasta encontrar lo que quería. En una de ellas, el fragmento de la esfera de un reloj indicaba que eran las cuatro y algo. La manecilla grande no se veía.
- ¿Tiene lo que quería, señora K? -preguntó el chico.
- Has hecho un buen trabajo, Nathan-reconoció Katherine.
Sacó del bolsillo un sobre más pequeño y menos voluminoso.
- Lo acordado -dijo, entregándoselo.
El chico lo abrió, ansioso. Cincuenta dólares americanos. Con eso su madre podría pagar el alquiler de su mísera casa en los barrios bajos.
- Gracias, señora K.
Katherine levantó los ojos y le miró. Muchos blancos pensaban que los negros eran basura, pero no ella. Basura era el hijo de puta de David, por ejemplo. Nathan era un encanto. Después de casi seis meses haciendo trabajos para ella, había llegado a cobrarle verdadero afecto. Observó, preocupada, que el chico parecía demasiado delgado.
- ¿Todo bien en casa, Nate? -preguntó.
- Claro, señora K.
- ¿Y tu hermana?
- Quiere dejar la escuela - Nathan se encogió de hombros-. Dice que no le sirve de mucho.
- No se lo permitas. Hazme caso -Kate guardó las fotos-. Venga, es tarde. Tu madre te estará esperando.
Nathan saludó con una breve inclinación de cabeza y montó en la bicicleta. Katherine se quedó hasta verlo desaparecer en la noche.
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