- ¿Todavía tienes tu pala?
Pensó en cementerios. Su mente sobrevoló la palabra, el concepto, la idea de cadáveres y muerte y final... Y recordó...
Casa de David y Katherine Kane.
Kate hacía cuentas, en la cocina. Tenía que encargarse de prácticamente todas las tareas domésticas, desde cocinar y limpiar hasta mantener a flote la economía familiar. David, cuando volvía de su trabajo -o del bar-, sólo quería sentarse con una cerveza helada a ver la televisión. Eso son cosas de chicas, Kate. Encárgate tú.
David siempre decía que las mujeres que trabajan son unas zorras a las que no han puesto a tiempo en su sitio, y parecía encontrarse particularmente ufano cuando salía en el periódico la noticia de alguna muerta o agredida. Sin embargo, permitía que Kate se dedicase a su trabajo - él lo llamaba hobbie- de detective privado. Solía decirle cuando estaba de buen humor ¿Ves cuánto te quiero, nena? ¿Qué otro hombre iba a permitirle algo así a su chica? La verdad es que David permitía que Kate trabajase por el dinero que llevaba a casa. Y porque no conocía a Maggie Truman, la secretaria de Kate. Maggie tenía veinte años, era fanática de lo chic y tenía una idea muy clara de qué tenía que hacer Kate con David y un bate de béisbol.
Su economía tenía muchos agujeros, pensaba Katherine mientras hacía cuentas. Andaban relativamente bien de dinero -en gran parte gracias a ella-, pero David cogía mucho para propósitos desconocidos. Teniendo en cuenta las cantidades y la frecuencia, Kate suponía que era para irse de putas. Pensó en la ironía, algunas mujeres la habían contratado para descubrir si sus maridos iban a locales de alterne... Se sirvió otro vaso de té helado, sintiendo como los hielos tintineaban contra sus dientes. Ya estaba acostumbrada a David, y eso implicaba estar acostumbrada a la violencia, las infidelidades y los insultos.
A la salida del trabajo había pasado por el campo de tiro de la policía para practicar un poco con John, el forense irlandés. El jefe de la comisaría central, Edward Weiler, era un hombre relativamente amable que solía bromear con Kate sobre el hecho de que ella fuera más ducha en pelea cuerpo a cuerpo que la mayor parte de sus propios hombres. Weiler era un buen tipo, aunque como prácticamente todo el mundo, estaba inmerso en la corrupción de la sociedad oscura de Nueva Orleans. Kate le tenía aprecio. Weiler, quince años mayor que ella, solía dedicarle amables piropos que como bien sabía Kate carecían de justificación. Por muy amables que fueran las palabras del jefe de la comisaría, ella sabía muy bien que ya no era guapa, y que aunque era todavía relativamente joven, desde luego no lo parecía. David había hecho un buen trabajo.
La radio de la cocina emitía una canción algo desafinada, pero así no se sentía tan sola. Concentrada como estaba en las cuentas, no oyó llegar a David.
- ¿Qué hay de cena? -le saludó.
Kate levanto los ojos. David apestaba a alcohol y llevaba el cinturón mal abrochado. Suspiró y volvió a bajar la mirada.
- Aún estoy terminando las cuentas. Dame cinco minutos...
- Joder, Kate -espetó él-. Me paso todo el puto día fuera de este antro y cuando vuelvo, lo único que pido es que tengas la puñetera cena hecha.
- Ya voy.
Kate empezó a recoger la mesa de la cocina, dócil.
- No, joder. Ya voy, no. Es que todas las putas semanas la misma canción, Kate -se acercó a ella y le sujetó del brazo, haciéndole daño-. Es que no aprendes, joder, no aprendes. Lo único que tienes que tener hecho y no lo haces.
Ella intentó ignorar su aliento apestando a alcohol y se sorprendió al sentir un pequeño brote de rebeldía que David -aún- no había conseguido aplastar.
- También tengo que hacer las cuentas, David -dijo, manteniéndole la mirada-. Los recibos no van a pagarse solos.
- ¿Qué quieres decir, que es algo que tendría que hacer yo? - apretó más, sorprendido y furioso- ¿Me paso todo el día trabajando como un imbécil para que puedas comprarte esa ropa de zorra -señaló los pantalones de Kate- y me vienes con esas?
El primer golpe le rompió los labios, otra vez. No intentó defenderse, sabía que cuando David bebía, resistirse sólo lo enfurecería más. Cuando la lanzó contra la mesa de la cocina, las patas crujieron y se rompieron. Absurdamente, el pensamiento de Kate fue de admiración por lo que esa mesa había aguantado. La avalancha de golpes continuaba, salvaje y descomedida. Tardó unos minutos en darse cuenta de que David la estaba golpeando con una de las patas rotas de la mesa. Furioso, gritaba:
- ¡Si vuelves a ponerte pantalones te mato, puta!
Un impacto le hizo crujir las costillas, y al ver su sangre en el suelo, su mente disociada recordó el pintalabios de Maggie. Tiene una llamada del señor O'Connell, señora Kane, dijo su voz aguda y jovial en su mente. David le arrancó los pantalones, desgarrando la tela, y le apaleó las piernas.
Perdió la cuenta del número de golpes, de los impactos. Perdió la cuenta del tiempo. Perdió...
Silencio. Todo estaba en silencio, David se había marchado. Se miró.
Joder, esta vez se le ha ido la mano, pensó. Un charco de sangre demasiado grande. Tenía una pierna rota. Y el borde astillado de la pata de la vieja mesa había cortado profundamente a la altura de la femoral izquierda. Se desangraba. Hizo un esfuerzo por incorporarse para contener la hemorragia. El dolor era inmenso, pero estaba acostumbrada... Quitándose una de las medias desgarradas, consiguió hacerse un torniquete rudimentario, aunque el flujo de sangre no se detuvo del todo.
Trató de pensar. Y ahora qué.
Tiene una llamada del señor O'Connell, señora Kane, repitió la voz de Maggie en su mente.
Buscó el teléfono. David había utilizado el voluminoso aparato para golpearle la mandíbula, y ahora estaba en el suelo, cerca de ella.
Se arrastró como pudo hasta coger el auricular. Milagrosamente, había línea. Con un esfuerzo titánico, consiguió marcar.
- ¿Diga? -preguntó la voz familiar del Irlandés.
- Seàn -contestó ella.
Luego se desmayó.
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