jueves, 14 de enero de 2010

La causa de la muerte

jueves, 14 de enero de 2010
"Mi trabajo es bastante sucio, pero no puedo quejarme. Al menos no es aburrido."
Katherine Kane.


14 de Enero de 1927
"La noche de seda", centro porturario de N.O.

Kane esperaba pacientemente en la sala decorada con un gusto chillón. Las chicas revoloteaban por la sala, entre el estruendo cacofónico procedente del entusiasmo del músico encargado de la pianola y las densas vaharadas de humo de tabaco, entre las risitas femeninas y las risotadas varoniles, como mariposas de alas viejas. Todas hermosas, diferentes, exóticas y empolvadas. Ninguna sola, siempre acompañada por otras tantas mariposas o algún moscardón... presto a caer en la telaraña de las mariposas que, en realidad, no eran tales.
Sin poderlo evitar, Kane se llevó la mano al rostro. La cicatriz que le partía la ceja, el pómulo roto que no soldó del todo bien, los restos de mil cortes -todos, como no, regalo de David; "el viaje personal de Kate al Infierno", como solía llamarlo Claire- habían despojado a su rostro de toda belleza. A cambio de toda esa hermosura destrozada, la vida le había entregado una mirada que, anodina en el pasado, era hoy penetrante, cínica, oscura, desconcertante. Sus ojos castaños, enmarcados por arrugas de preocupación ganadas a pulso durante su matrimonio, hacían entrever más madurez de la que le correspondía a una mujer de treinta y pocos. En realidad, aparentaba acercarse a la cuarentena: ese casi lustro de viaje al Infierno había pasado factura en su cuerpo y en su mente. Viejas fracturas en los brazos y piernas, cicatrices imborrables en el alma. Lo que Claire llamaba "el cuerpo del boxeador retirado". Kane era bastante buena en la pelea cuerpo a cuerpo, por otra parte. Gracias a David. Algo bueno tenía que haber salido de su matrimonio.

John solía acudir a La Noche de Seda un par de veces por semana, y al menos dos veces al mes Kane se veía obligada a ir a buscarle allí. John no bebía demasiado, pero no dejaba de ser irlandés. De vez en cuando se achispaba demasiado para conducir, o Kane buscaba su compañía silenciosa y taciturna. O, como hoy, necesitaba de su oficio.
Se conocían desde hacía tres años. Kane había perdido la cuenta de cuantas horas había pasado dejando que el silencioso irlandés se dedicara a dar puntos delicadamente precisos en cicatrices superficiales o a colocar huesos rotos. Recordaba una vez, debía ser invierno... David tuvo un ataque de ira descomunal, que dejó a Kate sangrando en el suelo con un tajo en la femoral mientras él se iba a terminar de ahogar sus penas en bourbon del barato y sexo clandestino. Solo la suerte de que el teléfono estuviera cerca y la silenciosa fidelidad del irlandés consiguieron que Katherine pasara de esa noche.
John. El único que se limitaba a dar puntadas y no consejos, el único que ofrecía un vaso de licor y no reproches.

En resumen, la conocían en La Noche de Seda. En deferencia a John, un habitual nada perturbador que siempre pagaba al contado, y al hecho de que Kane les había echado una mano con un cliente demasiado violento una vez, la madama siempre era amable con Kate. La veterana dueña del local, más astuta que una raposa, percatándose de que la mujer estaba allí sólo por negocios -es decir, hablar con John O'Connell- le había puesto un vaso con un refresco en la mesa junto al sillón donde esperaba. Gratis, como siempre. Madame Antoniette sabía cuidar sus... inversiones.
- Se-señora Kane -titubeó la voz de Peter. Ella le dedicó una mirada hueca-. Dice el señor O'Connell que ahora baja.
Ella asintió y le lanzó una moneda. Peter le dio las gracias, feliz, y se escabulló a guardar su tesoro.
El irlandés bajó las escaleras del local, una figura corpulenta destacando exageradamente entre las ninfas sugerentemente vestidas, algunas de las cuáles, a pesar de cooncer sus preferencias -mejor dicho: su preferencia-, le sonrieron y le dirigieron bromas lascivas. El gran irlandés las ignoró, como hacía con casi todo lo que no le interesaba. Saludó con un gruñido y una seca inclinación de cabeza a Kate cuando llegó junto a ella. Apartó el otro sillón junto a la mesa de la detective y apuró la colilla del cigarrillo que estaba fumando, tirándola después al suelo y aplastándola con el zapato, antes de sentarse. La mujer no respondió a su saludo -entre ellos no era necesario-, sólo le tendió las fotos.
John las escrutó con curiosidad profesional.
- Siento no tener más. ¿Sabrías decirme de qué ha muerto este tipo?
John, el forense, asintió con sequedad. Examinó las fotos, que al estar en blanco y negro tampoco permitían demasiado análisis. El irlandés enarcó una ceja, desconcertado.
- Supongo que envenenamiento -dijo, parco en palabras como siempre.
- Así que veneno -ella se reclinó en el asiento-. Nada de parada cardiorrespiratoria.
- Bueno, en realidad, todas las muertes terminan con eso.
El irlandés se encogió de hombros. No era su estilo hacer hincapié en obviedades, pero... a veces a Katherine había que darla un empujoncito para saber qué quería de verdad.
- El informe policial, la versión oficial -explicó ella, mirándole con los ojos entrecerrados-, decía que la causa de la muerte era una simple y natural parada cardiorrespiratoria.
- No con esa cara de sufrimiento extremo y los músculos de todo el cuerpo agarrotados -John si fijó más en las fotos, evaluando cada detalle-. ¿De cuándo es esta foto, Kate? No me suena este tipo...
- Una semana, más o menos. Es mi último caso -sacó una pitillera y le ofreció uno.
El corpulento irlandés acogió su ofrecimiento con un seco asentimiento. Alargó la mano y tomó el cigarrillo, imitando a Kate. No era su marca favorita, pero menos daba una piedra. Tras encender una cerilla y prender el tabaco, la mente de John retrocedió una semana. Había sido una semana tranquila. Sólo seis cadáveres habían llegado a su mesa. Tres varones de raza oriental y una mujer y otros dos varones de raza negra. Ninguno coincidía con el cuerpo presente en las fotos de Kate. Evidentemente, no era el único forense de Nueva Orleans. Había otros cuatro compañeros en el cuerpo de policía. Quién sabía cuántos no-oficiales además de éstos, en una ciudad como aquélla. Casi masticando la boquilla del cigarrillo, intentó recordar si había visto ese rostro muerto aquella semana, y en la mesa de quién.
- Lo siento -dijo, finalmente, exhalando humo-, pero no me suena de nada. Y si hace tanto tiempo... pues pregúntales a los gusanos.
Kate inhaló profundamente el humo del cigarro, saboreándolo. Tamborileó en la mesa con los dedos de uñas cortas un par de veces, luego se mordió los labios. Sonrió, burlona, y algo de la frescura que brillaba en sus ojos antes de David se filtró por ellos en ese momento.
El trabajo estaba muy bien pagado. Cinco mil malditos dólares, una pequeña fortuna, sin duda. La anciana tía de la víctima tenía mucho interés en averiguar qué le había pasado al único miembro de su familia que se acordaba de ella por algo que no fuera dinero. Por no mentar lo sospechoso del asunto... y el hecho de que esos asesinados que Kate creía relacionados con el caso merecían justicia.
- John, corazón -dijo, escogiendo las palabras-. ¿Todavía tienes tu pala?

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