"Querido mío, en esta ciudad el amor no es más que otra mercancía."
-Madame Antoniette
-Madame Antoniette
14 de enero de 1927
Pleno centro del barrio portuario de Nueva Orleans.
A unos cientos de metros del puerto, en una de las pocas zonas más o menos abiertas del conglomerado de callejuelas y casuchas, había un edificio de tras plantas, de estilo colonial. De su fachada, con frontispicio y balconada, colgaban un par de mástiles. Para acceder al interior había que subir cinco escalones de piedra y pasar entre dos columnas. Nada más verlo, el visitante pensaba -no, sabía- que en algún momento fue un edificio importante, gubernamental. Tal vez la residencia de algún olvidado gobernador de hace cincuenta o cien años, quién sabe. Tal vez en su momento álgido, aquel edificio fue una bella construcción, con sus paredes limpias y cuidadas, rodeado de jardines y con espléndidas banderas ondeando con el viento procedente del mar...
Pero ya no era así. La fachada estaba sucia y desconchada en algunas partes. Los mástiles se erguían solitarios, oxidados e ignorados. No había setos ni macizos florales. Parecía una prostituta que, pasados los cuarenta años de vida, aún resistiera en el negocio, mostrando sus ajados encantos y ofreciendo sus arrugados placeres.
Lo cierto era que esa descripción se acercaba bastante a la realidad. Los visitantes eran de otro tipo, pero se seguían celebrando fiestas en el interior de sus paredes... para aquéllos que pudieran pagarlas, claro. La Noche de Seda era el mejor burdel de la ciudad. Tan grato calificativo significaba que las mujeres eran bastante limpias, se cuidaban la salud y podían considerarse hermosas. La clientela podía esperar bebida de una calidad aceptable y elegir entre un amplio muestrario de bellezas. Todas las noches había espectáculo de bailarinas, los reservados eran cómodos aunque pequeños y, si se pagaba con generosidad, se disfrutaba de una habitación amplia, con cama con dosel y hasta bidé -¡Exclusivos! Importados de Francia, la belle patrie-. La entrada, por supuesto, era muy exclusiva. O se tenían contactos o no se traspasaban sus umbrales... ninguno de ellos.
- Lo siento, amor, pero he de irme. El senador Moriarty da una fiesta privada y...
El corpulento hombre que descansaba desnudo sobre la cama dio una profunda calada al puro. Sus ojos no se apartaron ni un momento de la hermosa mujer de piel oscura. Sus pupilas recorrieron la voluptuosa y cimbreante silueta de Laura mientras ésta recogía sus prendas de ropa, desperdigadas por toda la habitación. Ella no le miraba, pero por la sonrisa que esbozaba sabía que era observada. Con parsimonia y delicadeza, haciendo de cada movimiento un juego seductor, se iba vistiendo. Era un juego al que siempre jugaba. Con todos los hombres. Aunque a John le gustaba pensar que era sólo para él.
- Lo entiendes, ¿verdad?
Con una liga en la mano y una sonrisa verdaderamente traviesa en la boca, la mulata se inclinó sobre el cuerpo velludo del irlandés. Pasó su dedo índice, con su delicada y perfectamente pintada uña, por entre los pequeños rizos color rojo del amplio pectoral de John, juguetona. Él, tras dar una nueva calada al cigarro, sólo suspiró.
- Sí, ya sabía que sí... -Laura se incorporó, levantándose la falda del vestido y ajustándose la media sobre una bien torneada pierna con la liga, lentamente- Es lo que me gusta de ti, John. Siempre entiendes.
Tras ponerse la prenda íntima, se sacudió los pliegues del vestido -un hermoso vestido de seda del Lejano Oriente, decía ella- y, súbitamente, se inclinó para depositar un casto beso sobre los finos labios del hombre. Irónico, teniendo en cuenta la desenfrenada lujuria de minutos antes.
- Le pediré a Madame Antoniette que no alquile esta habitación, amor -dijo, como siempre decía, indefectiblemente tras cada sesión-. Descansa un poco, mi oso. Te lo has ganado -añadió, al igual que todas las demás veces.
Durante un par de minutos se quedó mirando la madera de la puerta tras la que se había ido Laura. Durante ese tiempo, el humo de tabaco fue lo único que se movió en toda la habitación. Al final, John -cómo odiaba ese nombre inglés- expulsó el aire que retenía en los pulmones, tal vez en un nuevo suspiro. ¿Por quién? ¿Por Laura? ¿Por él mismo? ¿Por la mierda de sociedad? Ni siquiera él lo sabía.
Apretó las cuadradas mandíbulas y, con un gruñido, aplastó lo que quedaba del puro contra la superficie del cenicero que descansaba en la mesilla junto a la cama. Fue un movimiento lento pero decidido, inexorable. Como una locomotora al iniciar la marcha, o una avalancha de barro pendiente abajo. Sus espesas cejas se juntaron al sentir en las yemas de los dedos el calor de la colilla. Después se incorporó, sacando las piernas de la cama y sujetándose la cabeza entre las manos. Eran manos anchas, de dedos fuertes. Al ver pasar esos dedos por entre los cortos cabellos pelirrojos, uno imaginaba los callos y las rozaduras producidos por esgrimir un hacha o una espada, las uñas manchadas de sangre y lodo. Pero eran manos suaves, delicadas, las manos de un artista o de un cirujano. Volvió a suspirar, pensando que aquella noche tendría que volver a la comisaría central. Tenía papeleo que terminar, informes atrasados y...
Unos golpes suaves sonaron en la puerta, interrumpiendo la cascada de pensamientos.
John volvió la cabeza hacia la entrada de la habitación, preguntándose quién demonios venía a molestarle. Con un gesto instintivo y mecánico llevó la mano hasta su pistola, colgada dentro de la funda de una de las molduras del cabecero de la cama.
- ¿Señor O'Connell? -preguntó, tímida, una voz tras la pesada lámina de madera.
El irlandés se relajó.
- Adelante, Peter -dijo.
La puerta se abrió no más de un palmo.
- ¿Está usted visible, señor? -preguntó la voz, poseedora de los altibajos propios de la pubertad. Al no recibir contestación, la voz carraspeó y una cabeza de pelo corto y castaño asomó ligeramente-. Ehhh... señor... Siento molestarle, señor O'Connell, pero... -el irlandés no dijo ni murmuró, o siquiera masculló, nada como contestación al joven y curiosamente tímido Peter-. Hay alguien que pregunta por usted abajo, señor -más silencio. El chico tragó saliva-. La señora Kane.
Ahora sí, un profundo, largo y lento suspiro. Tal vez de molestia, tal vez de anticipación.
- Dile que bajo en un par de minutos, chico.
Pleno centro del barrio portuario de Nueva Orleans.
A unos cientos de metros del puerto, en una de las pocas zonas más o menos abiertas del conglomerado de callejuelas y casuchas, había un edificio de tras plantas, de estilo colonial. De su fachada, con frontispicio y balconada, colgaban un par de mástiles. Para acceder al interior había que subir cinco escalones de piedra y pasar entre dos columnas. Nada más verlo, el visitante pensaba -no, sabía- que en algún momento fue un edificio importante, gubernamental. Tal vez la residencia de algún olvidado gobernador de hace cincuenta o cien años, quién sabe. Tal vez en su momento álgido, aquel edificio fue una bella construcción, con sus paredes limpias y cuidadas, rodeado de jardines y con espléndidas banderas ondeando con el viento procedente del mar...
Pero ya no era así. La fachada estaba sucia y desconchada en algunas partes. Los mástiles se erguían solitarios, oxidados e ignorados. No había setos ni macizos florales. Parecía una prostituta que, pasados los cuarenta años de vida, aún resistiera en el negocio, mostrando sus ajados encantos y ofreciendo sus arrugados placeres.
Lo cierto era que esa descripción se acercaba bastante a la realidad. Los visitantes eran de otro tipo, pero se seguían celebrando fiestas en el interior de sus paredes... para aquéllos que pudieran pagarlas, claro. La Noche de Seda era el mejor burdel de la ciudad. Tan grato calificativo significaba que las mujeres eran bastante limpias, se cuidaban la salud y podían considerarse hermosas. La clientela podía esperar bebida de una calidad aceptable y elegir entre un amplio muestrario de bellezas. Todas las noches había espectáculo de bailarinas, los reservados eran cómodos aunque pequeños y, si se pagaba con generosidad, se disfrutaba de una habitación amplia, con cama con dosel y hasta bidé -¡Exclusivos! Importados de Francia, la belle patrie-. La entrada, por supuesto, era muy exclusiva. O se tenían contactos o no se traspasaban sus umbrales... ninguno de ellos.
- Lo siento, amor, pero he de irme. El senador Moriarty da una fiesta privada y...
El corpulento hombre que descansaba desnudo sobre la cama dio una profunda calada al puro. Sus ojos no se apartaron ni un momento de la hermosa mujer de piel oscura. Sus pupilas recorrieron la voluptuosa y cimbreante silueta de Laura mientras ésta recogía sus prendas de ropa, desperdigadas por toda la habitación. Ella no le miraba, pero por la sonrisa que esbozaba sabía que era observada. Con parsimonia y delicadeza, haciendo de cada movimiento un juego seductor, se iba vistiendo. Era un juego al que siempre jugaba. Con todos los hombres. Aunque a John le gustaba pensar que era sólo para él.
- Lo entiendes, ¿verdad?
Con una liga en la mano y una sonrisa verdaderamente traviesa en la boca, la mulata se inclinó sobre el cuerpo velludo del irlandés. Pasó su dedo índice, con su delicada y perfectamente pintada uña, por entre los pequeños rizos color rojo del amplio pectoral de John, juguetona. Él, tras dar una nueva calada al cigarro, sólo suspiró.
- Sí, ya sabía que sí... -Laura se incorporó, levantándose la falda del vestido y ajustándose la media sobre una bien torneada pierna con la liga, lentamente- Es lo que me gusta de ti, John. Siempre entiendes.
Tras ponerse la prenda íntima, se sacudió los pliegues del vestido -un hermoso vestido de seda del Lejano Oriente, decía ella- y, súbitamente, se inclinó para depositar un casto beso sobre los finos labios del hombre. Irónico, teniendo en cuenta la desenfrenada lujuria de minutos antes.
- Le pediré a Madame Antoniette que no alquile esta habitación, amor -dijo, como siempre decía, indefectiblemente tras cada sesión-. Descansa un poco, mi oso. Te lo has ganado -añadió, al igual que todas las demás veces.
Durante un par de minutos se quedó mirando la madera de la puerta tras la que se había ido Laura. Durante ese tiempo, el humo de tabaco fue lo único que se movió en toda la habitación. Al final, John -cómo odiaba ese nombre inglés- expulsó el aire que retenía en los pulmones, tal vez en un nuevo suspiro. ¿Por quién? ¿Por Laura? ¿Por él mismo? ¿Por la mierda de sociedad? Ni siquiera él lo sabía.
Apretó las cuadradas mandíbulas y, con un gruñido, aplastó lo que quedaba del puro contra la superficie del cenicero que descansaba en la mesilla junto a la cama. Fue un movimiento lento pero decidido, inexorable. Como una locomotora al iniciar la marcha, o una avalancha de barro pendiente abajo. Sus espesas cejas se juntaron al sentir en las yemas de los dedos el calor de la colilla. Después se incorporó, sacando las piernas de la cama y sujetándose la cabeza entre las manos. Eran manos anchas, de dedos fuertes. Al ver pasar esos dedos por entre los cortos cabellos pelirrojos, uno imaginaba los callos y las rozaduras producidos por esgrimir un hacha o una espada, las uñas manchadas de sangre y lodo. Pero eran manos suaves, delicadas, las manos de un artista o de un cirujano. Volvió a suspirar, pensando que aquella noche tendría que volver a la comisaría central. Tenía papeleo que terminar, informes atrasados y...
Unos golpes suaves sonaron en la puerta, interrumpiendo la cascada de pensamientos.
John volvió la cabeza hacia la entrada de la habitación, preguntándose quién demonios venía a molestarle. Con un gesto instintivo y mecánico llevó la mano hasta su pistola, colgada dentro de la funda de una de las molduras del cabecero de la cama.
- ¿Señor O'Connell? -preguntó, tímida, una voz tras la pesada lámina de madera.
El irlandés se relajó.
- Adelante, Peter -dijo.
La puerta se abrió no más de un palmo.
- ¿Está usted visible, señor? -preguntó la voz, poseedora de los altibajos propios de la pubertad. Al no recibir contestación, la voz carraspeó y una cabeza de pelo corto y castaño asomó ligeramente-. Ehhh... señor... Siento molestarle, señor O'Connell, pero... -el irlandés no dijo ni murmuró, o siquiera masculló, nada como contestación al joven y curiosamente tímido Peter-. Hay alguien que pregunta por usted abajo, señor -más silencio. El chico tragó saliva-. La señora Kane.
Ahora sí, un profundo, largo y lento suspiro. Tal vez de molestia, tal vez de anticipación.
- Dile que bajo en un par de minutos, chico.
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