domingo, 17 de enero de 2010

Vamos a por un muerto

domingo, 17 de enero de 2010
"Tú no entiendes lo que es soportar un nombre, una vida, que no es la tuya."
-John O'Connell

15 de enero de 1927
Cruzando media ciudad

Irlandés, vámonos a saquear tumbas - dijo Kate, sonriendo con burla-. Después beberemos whisky barato hasta casi perder el sentido, nos caeremos el uno sobre el otro, nos besaremos y tal vez hagamos el amor, y mañana por la mañana fingiremos que no recordamos nada mientras sacamos los restos putrefactos del maletero del coche.
El irlandés se le quedó mirando mientras exhalaba otra bocanada de humo de cigarro, ella con sus ojos bailando divertidos y él con sus ojos abiertos y fijos. John tenía fijación por una sola chica, Laura; Kate lo sabía. Además, desde la muerte de su marido hacía unos diez meses, ella no había vuelto a estar con nadie. No se veía capaz de mostrarle a nadie ese cuerpo tapizado de cicatrices. No se veía capaz de sentirse... sensual. Katherine Kane era una mujer muy curtida en muchos aspectos, pero cuatro años de demoledor matrimonio habían acabado por destrozar su autoestima a ese respecto. Por otra parte, en su fuero interno, la aterraba encontrar otro David. No se creía capaz de soportarlo.
Y John la seguía mirando.
Tras unos segundos de silencio, la detective casi podía ver cómo giraban los engranajes de la mente del irlandés. Siempre costaba ponerlo en marcha, como si fuese una roca enorme en medio de un prado que hay que arar. No es que fuera lento o tonto, no, por supuesto. Lo que sucedía es que le daba demasiadas vueltas a las cosas.
- Claro -contestó por fin el forense, elevando medio milímetro la comisura derecha de la boca-. Te voy a acabar alquilando mi pala por horas, Kate...
Ella se rió. Cómo no hacerlo. Tenía que disimular la sorpresa... ya que aquel comentario era lo más era lo más cercano a hacer un chiste que le había visto.
Kate se puso en pie.
- Vámonos, irlandés.


El coche de Katherine Kane había sido la joya de los ojos de David. Desde luego no era nada del otro mundo, Clarie lo llamaba "el trasto". Claro que Claire tenía un mercedes para ir a por el pan, si no le fueran a ello alguna de sus múltiples criadas.
Kane conducía bastante bien. Tenía reflejos, desarrollados en su matrimonio para intentar esquivar la rabia de su marido. Condujo hasta la casa de John, en un edificio de tres plantas y tres apartamentos por piso. Viejo por su aspecto, o sólo duramente descuidado, situado en la periferia del distrito oeste, cerca -pero lejos- de las principales avenidas. Un edificio anodino, clónico, lleno de gente anodina y clónica. En ocasiones la detective se preguntaba si John era así de taciturno porque vivía allí, o es que había buscado un edificio acorde con sus preferencias melancólicas. No era de extrañar que viviera solo. Kane no apagó el motor.
- Venga, coge la pala y una botella de algo. Probablemente lo necesitemos si nos pillan -dijo, mientras se encendía un cigarro, examinó la pitillera medio vacía y añadió:- Y de paso, tabaco. Estoy bajo mínimos.


John subió hasta su apartamento, recorriendo la escalera con sus pasos de dos escalones. Vivía en el tercero. Al pasar junto a la puerta de su vecina de abajo se fijo en que, de nuevo, había vaciado sus ceniceros dentro de la maceta que tenía al lado de la entrada. Por alguna extraña conjunción planetaria, la planta que vivía en su interior no había muerto después de años de aportación de nicotina y cenizas sulfuradas. Sacudiendo negativamente la cabeza, el gran irlandés continuó hasta su hogar.
Se llevó la mano al bolsillo y sacó la llave. La introdujo en la cerradura, giró y...
...dejó de ser John O'Connell, por fin, por primera vez aquel día -era pasada la madrugada-. Al menos durante un rato, hasta que volviera a bajar hasta el coche de Kate.
En ese momento volvió a ser Seán Ó Conaill, como le había bautizado su abuelo, en la pila de la cocina de su hogar americano, como buen católico que no tiene un cura a mano. No sabía si eran los muebles que le habían dado sus padres al mudarse, si eran los libros -lo único de verdadero valor monetario de la casa- manuscritos con doscientos o trescientos años de antigüedad en una lengua que era la suya propia y no una prestada, la bandera con la antigua enseña irlandesa colgada de la pared... o simplemente el hecho de saberse en un sitio en el que no tenía que fingir ser un maldito inglés.
Respiró un par de veces, sintiéndose pleno antes de buscar la pala y volver al mundo real.
Mientras su cuerpo se dirigía automáticamente hacia el lugar donde guardaba todas las herramientas, volvió a repasar aquello que había pensado en La Noche de Seda, tras la propuesta de Kate. Lo cierto es que la idea era totalmente descabellada, eso de ir a colarse -de nuevo- en un cementerio a saquear tumbas. Por lo menos esta vez tenían un nombre y sabían dónde ir... Pero también había que decir que era algo excitante. Seán no tenía muchas oportunidades para dejarse disfrutar. No era su estilo, cierto. Pero a veces había que hacerlo. Se lo pedía el cuerpo.
Además... además estaba lo de la deuda de los Ó Conaill con la detective Kane. Una dedua pagadera en servicios, no en bienes, ya fueran monetarios o materiales -y que no poseían, todo fuera dicho-. Hasta que moralmente consideraran saldada la deuda, ya que Kane hacía mucho que creía que no le debían nada más.
Eso fue lo que acabo de convencerlo.
Cogió la pala -y un paquete con tabaco de liar- y bajó las escaleras, nuevamente John.

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